2.-  Los efectos multiplicadores del intercambio libre sobre los participantes.

2.-     Los efectos multiplicadores del intercambio libre sobre los participantes.

Para introducir este apartado bien puede de nuevo servirnos de ejemplo sencillo y simpático entre miles y miles aquel otro relato que Antonio      Pigafetta anotó en su diario el 13 de diciembre de 1519 sobre cómo se hicieron intercambios en Río de Janeiro que era la bahía donde Coelho y Vespucci habían entrado el 1 de enero de 1502 y que por eso la llamaron así: Por un anzuelo o por un cuchillo nos dieron cinco o seis gallinas; por un peine, dos gansos; por un espejo o por un par de tijeras, el pescado suficiente para dar de comer a diez personas; por un cascabel o un cordón de zapatos un cesto de batatas. Estas batatas saben como las castañas y son largas como los nabos. Por un naipe con el rey de oros me dieron seis gallinas, y aún se imaginaban haberme engañado.[248]

 En esa simplicidad del relato queda patente ese efecto multiplicador de la riqueza subjetiva que se produce necesariamente en todo intercambio libre si efectivamente es voluntario por ambas partes. Cualquier transacción libremente acordada genera una suma de valor doblemente positiva porque ganan las dos partes. No sólo es que gana una más que lo que pierde la otra, sino que -como queda patente en el ejemplo verdadero señalado- las dos partes ganan, por lo que después del intercambio la riqueza global de ambas partes, lo que podíamos denominar el fondo social o la riqueza real social, se ha incrementado notablemente no por producción de nuevos bienes sino por el simple y llano intercambio; porque el dominio personal de cada bien, de cada mercancía ha sido traspasado a persona distinta y con preferencias y orden subjetivo de intereses diferente. El simple intercambio libre siempre genera valor.

Un maestro como Ortega y Gasset podía aplicar a ello lo que con carácter más general y más profundo explicaba: “La perspectiva es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización. Una realidad que vista desde cualquier punto resultase siempre idéntica es un concepto absurdo (…) Dos sujetos diferentes -se pensaba- llegarán a verdades divergentes. Ahora vemos que la divergencia entre los mundos de dos sujetos no implica la falsedad de uno de ellos. Al contrario, precisamente porque lo que cada cual ve es una realidad y no una ficción, tiene que ser su aspecto distinto del que otro percibe. Esa divergencia no es contradicción, sino complemento.”[249]

Que nuestros maestros del siglo de oro entendieron que esos sencillos ejemplos que con más o menos sofisticación y complejidad se repiten diariamente millones y millones de veces a lo largo de la historia humana, queda patente cuando leemos, por ejemplo, lo que cito a continuación y donde se recalcan los formidables beneficios del libre mercado. No tiene desperdicio a mi entender lo que -una vez más recurriendo a los clásicos y poniendo en boca de ellos aquello en lo que Mercado también coincidía- nos dice en el punto 94:

Hesiodo autor antiquísimo, y Plutarco afirman que en aquellos tiempos ningún género de vida que el hombre siguiese, ni ejercicio ninguno en que se ocupase, ni trato, ni oficio en que se ejercitase, era tan estimado y tenido entre las gentes como la mercancía, por la gran comodidad y provecho que causa, así en los tratantes, como en todo el cuerpo de la república. Lo primero esta arte provee las ciudades y reinos de infinita variedad de cosas que ellos en sí no tienen, trayéndolas de fuera, tales que no sirven solo de regalo, sino muchas veces necesarias para la misma conservación de la vida. Lo segundo hay gran abundancia de toda suerte de ropa, así de la propia de la tierra, como de la extranjera, que es gran bien. Los particulares tratantes también enriquecen entera y perfectamente en el cuerpo, y en el alma. Porque conversando con muchas gentes, estando en distintos reinos, tratando con varias naciones, experimentando diferentes costumbres, considerando el diverso gobierno, y policía de los pueblos, se hacen hombres universales cursados y ladinos para cualesquiera negocios que se les ofrezcan. Adquieren y aumentan una gran prudencia y experiencia para guiar y regirse, así en los sucesos particulares, como generales. Son útiles a su república, por la gran noticia de varias cosas que han visto y oído en su peregrinación[250].

Bien podemos concluir lo que E. Burke -citado precisamente por Hayek en varias ocasiones- nos dice:

Sabían mejor que la mayoría de sus críticos posteriores que el activo catalizador de los esfuerzos individuales hacia objetivos socialmente beneficiosos no tenía nada de mágico, sino que todo el éxito consistía en la evolución de “instituciones bien concebidas” donde se podían reconciliar las “reglas y principios de los intereses contrapuestos y los beneficios transaccionales”.[251]