TeR 4 – Productividad tecnológica creciente.

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 Productividad tecnológica creciente.

Al final del capítulo I señalábamos que -independientemente de la acción humana- esa inmensa variedad de la Naturaleza con sus potencialidades complementarias genera tanto en el mundo inerte como en el viviente una productividad física y biológica sobreabundante. Y decíamos a la vez que en esas redes naturales entrelazadas de seres inertes y de vivientes cada uno tenía la semilla de nuevos seres, siendo el mestizaje y la interacción de las fuerzas y energías básicas y primarias -que el Universo encierra- lo que da lugar a transformaciones naturales en el mundo mineral, vegetal y animal de un poderío prácticamente ilimitado. Ese mestizaje potencia su multiplicación y diversificación concatenada en redes naturales con nodos vivos interactuantes de una riqueza de la variedad difícil de describir.

Pues bien, como hemos visto en este capítulo, el hombre trata de dominar toda esa inmensa potencia de la Naturaleza para reorientarla hacia sus preferencias y, por lo tanto, humanizarla. Trata de domeñarla con su trabajo diferenciado pero complementario y con los medios e instrumentos tecnológicos de capital  que va teniendo a su alcance según las circunstancias y la concatenación de descubrimientos innovadores a lo largo de cada tiempo histórico.  Y si decíamos que el factor productivo Tierra en sí mismo era altamente productivo desde el punto de vista meramente material -ya que se multiplicaba de forma exponencial en redes físico-químicas y biológicas- qué no decir de esa riqueza inigualable a nuestra disposición cuando es trabajada y reorientada con la potencia tecnológica cada vez más sofisticada fruto de la inteligencia humana combinada con su laborar manual.

Ese fruto de la diversidad complementaria de las fuerzas naturales que hacen cambiar sustancias y accidentes que es la productividad –ahora ya no sólo material sino también en valor de uso- se incrementa entonces de forma  aceleradamente exponencial. El trabajo armonizado con los instrumentos de capital hace realidad todas esas capacidades de amejoramiento que están en potencia.  La productividad se nos presenta entonces  como el mayor fruto de la diversidad complementaria del factor productivo Tierra en combinación con la creatividad de un mayor conocimiento de la naturaleza y de sus leyes, así como  del alargamiento de los procesos productivos y la diversificación acelerada.

Aunque bien se podría aplicar un razonamiento parecido a cada uno de los avances tecnológicos que se han ido produciendo a lo largo de la historia en los diferentes sectores, es obligada una referencia actual -a modo de ejemplo paradigmático para lo que aquí se viene investigando- a la nueva realidad tecnoeconómica basada en un conjunto interconectado de innovaciones tecnológicas, que han reducido drásticamente el coste de almacenaje, procesamiento, transmisión y difusión de la información y que  afectan al diseño, la gestión y el control de la producción. Con la microinformática de los ordenadores personales -cada vez más capaces- los ciudadanos del mundo ven elevadas -como decíamos- sus facultades de creación y de intercomunicación hasta cotas aún no imaginadas. La convergencia de una concatenación de descubrimientos científicos a lo largo de la historia tales como el ábaco, el cálculo matemático con el sistema binario, la electricidad, el silicio, la  fibra óptica,…etc., han hecho posible ese despliegue global desde la persona individual a través de la microinformática personal influyendo sobre  el lenguaje, las ciencias, el arte y, desde luego, la economía. Todas las actividades industriales y de servicios, también las agrícolas y especialmente el mundo financiero, junto al estilo de vida de nuestras sociedades, se encuentran aceleradamente afectadas y ello implica cambios importantes institucionales, jurídicos y sociales, en algunos casos ciertamente complejos.

La productividad personal y de las empresas, así como los ritmos de crecimiento de los PIB nacionales se ven incentivados cuando el gasto en tecnologías de la información y telecomunicación se incrementa, corroborando así que las tecnologías de la información conforman un sector dinámico que tiene enormes efectos de arrastre sobre el sistema económico. Por el lado de la oferta incrementan la productividad, el número de empleos y el de empresas, mientras que, desde el punto de vista de la demanda, los consumidores pueden hacer frente más  fácilmente a su necesidad de comunicarse a distancia mejorando su nivel de utilidad. El imparable proceso de globalización -que obliga a las empresas a competir a nivel mundial y permite a los consumidores ampliar su capacidad de elección- no sería posible en la actualidad sin el vertiginoso avance de las telecomunicaciones y la irreversible modificación del medio ambiente económico. Las redes de la microinformática personal hacen posible que cada producto o servicio que se ofrece y se demanda en los diferentes mercados y submercados lleve incorporado un haz de caracteres, valorados conjunta  y subjetivamente por cada usuario, que lo hace original e irreemplazable. En esos procesos en red intervienen, conjunta y necesariamente, una concatenación de submercados, todos ellos complementarios entre sí, que podemos diferenciar en otros segmentos y microsegmentos entrelazados, cada uno de ellos matizable a su vez en otros más reducidos de  características diferenciables aunque en cierta medida similares.

Todo ello hace que mientras el valor de uso de los bienes aumenta aceleradamente, su precio se mantenga o decrezca por esa mayor productividad cuyo crecimiento acelera la diferenciación concatenada en microrredes. Los rendimientos dejan de ser decrecientes y se imponen con generalidad los rendimientos crecientes totales, medios y marginales. Los costes -por el contrario y lógicamente- decrecen con lo que los excedentes en valores de uso de los compradores se incrementan si los mercados no son perturbados por intervencionismos monopolistas públicos o privados. Y en consecuencia –como seguiremos analizando- se trastocan en gran medida los principios de las leyes económicas básicas que desde el clasicismo recorren todo el panorama teórico del pensamiento económico.

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