EFECTO ATRACCIÓN DE LA INVERSIÓN

EFECTO ATRACCIÓN DE LA INVERSIÓN

          La actividad económica, como la conducta humana, es paradójica y está repleta de efectos secundarios y terciarios no  queridos e imprevistos que se revuelven contra quien los causó produciendo un efecto boomerang que deja boquiabiertos a quienes confiaban torpemente en soluciones fáciles que contentan a todos. Uno de esos efectos paradójicos, significativamente extendido y altamente perjudicial, es el efecto expulsión de la inversión productiva generadora de empleo. Cuando, sin esclarecer las causas profundas de una mala situación económica, unos pocos llamados expertos en este o aquel país, deslumbrados por el éxito político de sus ideas y con empalago de poder, creen saber cómo llevar al pueblo ignorante al nuevo paraíso terrenal económico, se puede caer en un embrollo y en un círculo vicioso de difícil reconversión.

          Puesto que la producción nacional estaba atascada respecto a sus pretensiones ambiciosas y el empleo se encontraba bajo mínimos, el Estado salvador viene en nuestra ayuda y azuza el gasto público en bienes y servicios: se incrementa el número de funcionarios para, “lógicamente”, disminuir el empleo e incluso convendrá subirles agradablemente el sueldo porque ello incentivará el consumo; pero, sobre todo, se ponen en marcha grandes proyectos públicos de inversión y de boato interesado que acelerará el crecimiento del PIB público y disminuirá el paro estructural. El multiplicador aliado del Estado redentor hará el resto. Su soplo benefactor impulsará el PIB por toda la geografía nacional multiplicando su valor dos o tres veces el valor de G (G es la letra mágica que representa el Gasto Público); y los nuevos contratos de trabajadores se sucederán con un frenesí desbordante. Pronto alcanzaremos a la locomotora alemana, nuestro nivel de vida interior se podrá codear con los siete grandes e incluso les miraremos por encima del hombro. La alegría fácil e ignorante se desborda. Así pensaban.

          Pero, más tarde o más pronto llega el tío Paco con las rebajas. La economía humana tiene sus reglas naturales intertemporales y supranacionales que acaban por imponerse con cabezonería sin igual. Todos los juegos malabares de artificio que presuntuosamente pretendían construir nuestra ciudad encantada se fundamentaban en la transgresión de una de esas reglas naturales cuyo respeto deberíamos rescatar: el mantenimiento básico del equilibrio presupuestario. Cuando esa igualdad de ingresos y gastos se rompe por el lado malo, por la vertiente del déficit, el círculo vicioso, con sus efectos perversos, empieza a actuar. El gasto forzado provoca inflación. El déficit incrementa la Deuda y esos desequilibrios negativos continuados aumentan esa deuda continuadamente. Hay que financiarla. El ahorro interior no puede sólo y se necesita atraer capitales, por lo que para conseguirlo necesitamos subir los tipos de interés tratando de evitar a su vez el galope de la inflación. Juan Velarde divulgando una conferencia de José Barea en septiembre de 1993, a la que asistí, lo explicaba así: “los altos tipos de interés aumentan, por un lado el gasto público y, por otro, encarecen de tal modo los costos financieros que disuaden la acción del sector privado, dentro del llamado “efecto expulsión. El tejido empresarial resulta destruido en buena parte. El paro se incrementa. Para no provocar un conflicto social gravísimo, se acude al gasto público como alivio. Se contratan más funcionarios; el PER se encarece; las jubilaciones crecen, y así sucesivamente.. Se espera el alivio del Estado del Bienestar, pero como la crisis es fuerte las recaudaciones de cotizaciones e impuestos se derrumban. El déficit del sector público aumenta de nuevo. Como si fuese de cuchillos y navajas, la rueda diabólica continúa su girar incansable y destructor de nuestra economía.” El boomerang golpea repetidamente a quienes lo lanzaron con presunción desbordante. Se pretendía ayudar a los más débiles y son ellos los más perjudicados.

          No hay mal que por bien no venga y la sabiduría popular profetiza que rectificar es de sabios. Reconociendo con humildad y sin delirios de grandeza la causa de los desatinos, el círculo vicioso se puede convertir en círculo virtuoso, el efecto perverso en efecto beneficioso y el efecto expulsión de la inversión en efecto atracción. Lo estamos viendo ya en la economía española. Basta con que el sentido común de los mercados, es decir, de los ciudadanos nacionales y extranjeros, olfateen que la intención real y las decisiones efectivas del Gobierno se dirigen a restaurar esas reglas naturales de la economía que consisten en mantener un sano equilibrio presupuestario y en luchar contra la degradación del dinero (inflación) que pervierte el comportamiento económico generalizado, para que el ahorro interior o exterior, y la inversión consiguiente, aterricen en nuestro país con vocación de permanencia. Los fondos de inversión y de pensiones se incrementan, la bolsa se sitúa en máximos históricos, los tipos de interés pueden bajar, la prima de riesgo con respecto a la aparentemente todopoderosa Alemania se minimizan… etc. ¿Qué será si no sólo se atisban esas intenciones, sino que, además, se comprueba día a día que esas buenas intenciones y esas medidas curativas se llevan a la práctica sin contemplaciones mojigatas? A pesar de los pesares, a pesar de las dificultades, hay que abrir una puerta a la esperanza cierta. Aunque estemos en pleno invierno la primavera económica está cerca.