EL RESPETO A LAS REGLAS DEL JUEGO

EL RESPETO A LAS REGLAS DEL JUEGO

 

El respeto a las reglas del juego.

Al menos desde el siglo XVIII, y especialmente desde Adam Smith, se ha comprendido la influencia de las reglas (“leyes e instituciones” en la terminología de Smith) sobre los resultados sociales, y esta relación ha proporcionado la base para uno de los temas centrales del análisis económico o de la economía política, tal como se deriva especialmente de sus fundamentos clásicos. Si las reglas influyen en los resultados y si algunos resultados son “mejores” que otros, se sigue que en la medida en que las reglas pueden ser elegidas, el estudio y análisis de reglas e instituciones comparativas se convierte en el objeto propio de nuestra reflexión[135].

Siguiendo el hilo de estas palabras del Premio Nobel de Economía James Buchanan en La razón de las normas. Economía Política Constitucional mis reflexiones son las siguientes:

En el gran juego de la vida tomamos parte a la vez y continuamente en otros numerosos juegos estructurados cada uno de ellos por un conjunto más o menos sistemático de reglas implícitas o explícitas. Aunque somos obligados participantes, la mayor parte de las veces desconocemos el origen de esas reglas; cómo se han convertido en obligatorias; cómo pueden ser cambiadas; y, lo que es más importante, cómo pueden valorarse normativamente para dilucidar si son o no convenientes, y si son o no las más idóneas.

Por el hecho de nacer y crecer en una familia seguimos las reglas de comportamiento que allí imperan. Por vivir en un determinado lugar jugamos según las reglas que establece la comunidad de propietarios, el gobierno municipal, la comunidad autónoma, el parlamento y el gobierno de una nación, o la constitución. Por ser ciudadano de la Unión Europea tenemos que contar con la normativa común. Y, por ser ciudadanos del mundo, con los acuerdos internacionales que se toman bilateralmente o en el seno de la Organización de las Naciones Unidas.

Como para vivir necesitamos bienes materiales producidos muchas veces, la gran mayoría, por otros, necesitamos reglas que permiten civilizadamente adquirirlos, conservarlos, transportarlos e intercambiarlos: economizarlos. Por tener que vivir junto a otras muchas personas estamos inmersos en el juego de la convivencia, con sus reglas de urbanidad, de cortesía, de educación en general. Por tener necesidad de perpetuar la especie humana y perpetuarnos en nuestros hijos, estamos inmersos en el juego de la reproducción y la sexualidad con sus reglas implícitas peculiares. Por ser organismos vivos, más bien frágiles que se deterioran con el paso del tiempo o por accidente, tratamos de cumplir las normas básicas para mantener la salud y evitar o curar las enfermedades. Cuando utilizamos una máquina de escribir o un ordenador con cualquiera de sus múltiples programas posibles  más o menos sofisticados, manejamos instintivamente todo un manual de reglas; cuando se construye una casa otro tanto y cuando nos trasladamos de un lugar a otro en coche, en tren o en avión otro tanto también.

Las reglas y principios generales aplicados a todos por igual, pero en sus distintas circunstancias, son necesarias. No podemos caer en una anarquía radical extravagante porque sería tanto como escaparnos a un mundo irreal que nos destruiría. Las normas, pocas, sencillas y flexibles, son necesarias para ordenar esa aparente anarquía que también está presente en nuestro mundo e introducir una cierta dosis de sincronía en el caos que nos circunda. Las reglas naturales económicas y monetarias, pocas, sencillas, flexibles, proporcionadas, también introducen sincronía en ese caos económico y orden en la anarquía monetaria.

Los principios son necesarios para la convivencia porque de lo contrario acabaríamos brutalmente enfrentados porque  uno o varios apetecerían lo mismo que otro u otros trataban también de conseguir .Las reglas definen los espacios privados dentro de los cuales cada uno de nosotros podemos llevar a cabo nuestras propias actividades[136]. Se necesita un ramillete de normas que, aunque nos auto restrinjan algo en el entorno social, también en el privado, impidan ciertos comportamientos que al fin y a la postre, y sin reglas, perjudican o todos y nadie de hecho desea. Las buenas reglas armonizan comportamientos que podrían ser diversos, concilia intereses distintos y genera resultados que son beneficiosos y tolerables por todos los participantes. Un cierto diseño de reglas en convenciones sociales  proporciona a cada actor la posibilidad  de predecir en cierto grado el comportamiento de los demás y actuar en consecuencia; genera información facilitando la coordinación de conductas; da lugar a la consecución de una ganancia importante para cada uno de los participantes que respetan esas reglas, y puede ser, por lo tanto, interesante para todos los potenciales participantes en ese gran juego de la vida. Las reglas que constriñen las interacciones sociopolíticas -las relaciones económicas y políticas entre los individuos- tienen que valorarse, en último término, en función de su capacidad para  promover los diferentes propósitos de todas las gentes de la “polis[137].  La elección de las reglas más idóneas se convierte en la tarea primordial para la consecución de unos excelentes resultados, también económicos.

Desde el punto de vista económico el caso español resulta ser un ejemplo paradigmático de cumplimiento a rajatabla de las teorías sobre la burocracia enmarcadas en el ámbito de las teorías sobre la Elección Pública. Según estos estudios, entre los que destacan los de Tullock y Niskanen, la ausencia de competencia real para los organismos burocráticos, la sobreproducción de bienes y servicios públicos incentivada por ellos, la vanidad burocrática que para presentar una gestión más brillante y espectacular lucha por un volumen de presupuesto cada vez más holgado y el hecho que los distintos departamentos suministren servicios gratuitamente a los consumidores con lo que éstos no pueden influir directamente sobre el comportamiento de aquellos llevan al reconocimiento general consistente en que la asignación y utilización de los recursos sociales presenta una eficiencia inferior a las del mercado. La maximización del interés general además se lleva a cabo en función de la concepción que tengan los burócratas de los objetivos y preferencias de los ciudadanos y del bienestar común.

Un criterio fundamental, y a su vez peligroso, de las teorías sobre el comportamiento de la burocracia se refiere  a la prácticamente nula eficacia de los sistemas de control sobre este tipo de organismos estatales puesto que la información necesaria para ejercer dicha inspección debe ser aportada por los propios controlados, lo que equivale a decir que está sesgada a favor de la burocracia de alto rango y de los políticos gobernantes que la dirigen y orientan. También se explica en estas concepciones teóricas que, puesto que los ciudadanos tienden a actuar de forma corporativa como beneficiarios de las bondades estatales, presionarán mucho más en este aspecto que en el papel más diluido de contribuyentes. Este comportamiento generalizado trae como consecuencia el incremento excesivo en el crecimiento del sector público. La intervención racionalista desde las cúspides de poder, o desde la hiperlegislación, puede crear el peor de los mundos posibles cuando, atendiendo a los intereses públicos con el capricho administrativo, crea incertidumbre en el contenido de los derechos propietarios privados. Se necesita por el contrario mucha más flexibilidad  y libertad para que acudan los anticuerpos lo antes posible a la herida, a la escasez, y se restablezca la abundancia.

Otro caso típico y sangrante es el del suelo y la vivienda. En el caso de la vivienda es significativamente importante ese efecto burocracia. Pedro Schwartz escribía: Basta echar un vistazo al modo de operación y las consecuencias de la vigente legislación española para entender la paradoja de la planificación urbanística. La municipalidad, pese a la abundancia de suelo rural, condiciona la oferta de solares urbanizables a la aprobación de planes generales, de clasificaciones, de planes parciales, de calificaciones, de recalificaciones. Esto limita la oferta de suelo, lo encarece, y enriquece a los especuladores. Para combatir la especulación, el Estado la interviene con impuestos sobre plusvalías, con subvenciones a viviendas sociales, o controlando los contratos de alquiler, con lo que el poco suelo útil se asigna ineficientemente. Ello encarece aún más el suelo urbanizable… La espiral es implacable. El Estado causa el defecto del mercado y luego interviene causando un defecto mayor[138].

Muchos políticos conciben su actividad de forma piramidal y paternalista y de hecho relegan la libertad a un segundo o tercer plano. Se sienten portadores de la verdad objetiva y del bien social objetivo que se encarnan en el manido concepto del “interés público”. Suponen que ese becerro de oro del bien público al que hay que someterse existe independientemente de las valoraciones individuales de los ciudadanos. Como indica James Buchanan, si el “interés público” existe al margen de las preferencias individuales y si puede conocerse, se tiene que suponer que tiene prioridad sobre los preceptos para mantener las libertades personales. La fuente última del valor y de lo idóneo se descubre por expertos cientifistas y con el racionalismo constructivista de los responsables políticos quedando fuera de los dominios psicológicos sobre los que los participantes pueden expresar sus preferencias personales efectivas. El “bien o interés público” es conocido por la cúspide política piramidal y se aplica a la comunidad como si fuese un todo compacto y homogéneo que no tiene en cuenta los matices y la variopinta idiosincrasia individual. La mano invisible que guía a los hombre a promover sus fines es, en  muchas ocasiones, la mano del legislador que aparta de la esfera del interés egoísta aquellas posibi­lidades que no armonizan con el bien público.  Bruno Leoni resume esta visión tan extendida diciendo que: los científicos políticos pueden tratar a la gente de una manera parecida a como los ingenieros manipulan las máquinas o las fábricas. Esa idea ingenieril de la ciencia política tiene, de hecho, poco o nada en común con la causa de la libertad individual[139] En cualquier caso abre un portillo a la esperanza y continua diciendo que la ciencia política se puede también considerar (aunque esto cada vez resulta menos frecuente hoy) como una manera de poner a las personas en situación de comportarse, en la medida de lo posible, como les apetece, en lugar de hacerlo de una manera que los tecnócratas consideran adecuada[140].

Este alejamiento de la defensa de la libertad personal es también especialmente preocupante en los diseños de los sistemas jurídicos imperantes en un amplio abanico de países incluyendo los de la órbita llamada occidental. Está muy extendida en diversos ámbitos la impresión de que la “libertad” es únicamente la del que habla, dogmatiza o legisla, mientras que, consecuentemente, la coacción que dicen debe incrementarse tratan de aplicarla exclusivamente a los demás. Se intenta encorsetar a los ciudadanos (aunque sea inconscientemente) mediante la rigidez de las leyes, los códigos o incluso las constituciones que no dejan de ser la plasmación práctica y directa de la voluntad más o menos caprichosa e ignorante de quienes las promulgan. La consecuente hiperinflación legislativa lleva a un desconcierto, incertidumbre e inseguridad bastante general, y que es especialmente significativo e hiriente entre los ciudadanos menos pudientes. Es peligroso que vayan calando en el hombre de la calle las ideas que sostienen que la legislación no es otra cosa que la expresión de la voluntad particular de ciertas personas y de ciertos grupos que han tenido la suerte de disfrutar de mayorías más o menos coyunturales o permanentes y de estar asesorados convenientemente por una pléyade de legisladores tecnocráticos.