A la curva de Laffer le ocurre lo mismo que a la palabra obviedad. Ambas tienen un nombre horrible en castellano y, a su vez, representan algo evidente en sí mismo. La evidencia de la palabra obviedad no necesita ser resaltada, pero sí que conviene insistir en la evidencia de Laffer porque, no sé por qué razón (aunque la intuyo), muchos expertos y sesudos políticos y economistas la critican severamente o, al menos, la ponen en duda.

La curva teórica de Laffer es un gráfico que tiene forma de campana y que relaciona los ingresos fiscales totales que la Administración Pública recauda, con los tipos impositivos que se aplican en cada caso. Los extremos son claros y dan lugar a idénticos ingresos fiscales: 1) Si el tipo impositivo es cero los ingresos serán nulos; y 2) si el tipo impositivo es el máximo del cien por cien, nadie (ni empresa, ni particular), sería tan tonto y masoquista como para trabajar y producir sólo para el Estado sin ningún beneficio propio. En ese caso lo recaudado por impuestos sería también cero. Entre ambos extremos se da la circunstancia lógica de que, al principio, a medida que aumentan los tipos impositivos también aumentan los ingresos fiscales totales, pero siempre llega un momento en que los individuos y empresas, ante nuevos aumentos de tipos marginales, comienzan a trabajar menos y desvían sus actividades hacia el ocio y la economía sumergida. Consecuencia de ello es que, a su vez, ahorran menos. En el punto álgido de la curva de Laffer se maximizan los ingresos totales recaudados por Hacienda.

Si el sistema impositivo vigente se encuentra en unos tipos mayores, el efecto producido por la falta de estímulo al trabajo es superior al efecto ingreso fiscal total, con lo que podemos hablar de una situación en la que “la avaricia rompe el saco”. La extralimitación en el afán recaudatorio por parte del Gobierno lleva, de hecho, a que se paralice el sistema productivo humano y que, a la postre, el total recaudado sea menor. La consecuencia es que el Estado tiene menos margen de maniobra para gastar si no quiere incurrir en más déficit y más endeudamiento público que acabarán pagando las generaciones futuras. Por este camino los más perjudicados pueden acabar siendo las clases pasivas y más desfavorecidas que no podrán beneficiarse tampoco de las subvenciones estatales. Por supuesto las generaciones venideras también tendrán que soportar la ineficacia de la voracidad recaudatoria actual.

Tanto Arthur Laffer como Wanniski y otros, destacaron la importancia de los tipos impositivos marginales bajos para obtener unos buenos resultados económicos que evitaran la recesión, el estancamiento de la productividad, una elevada inflación y un bajo nivel de ahorro. Las tesis planteadas tuvieron especial predicamento en los años ochenta en Estados Unidos donde se constataba que la intervención agobiante del Estado ahogaba la iniciativa y la innovación. Se valoraba más la importancia de la confianza en uno mismo y se descontaban los peligros que se corren cuando unos individuos libres se apoyan demasiado en la intervención económica del Estado. La coincidencia con la necesidad de incrementar gastos para afrontar la escalada militar americana que al final terminó con la claudicación del poderío soviético, dio lugar a que los efectos de la curva de Laffer no fuesen tan visibles.

Pero, de hecho, ese principio teórico no tiene objeción posible y tampoco es una tesis novedosa. Para no caer en el complejo de inferioridad respecto a lo anglosajón, basta con citar el caso del Ministro Español Figuerola en 1869 que, como recuerda el profesor Martín Niño, con una interpretación rigurosa del contenido de la dignidad y la libertad del individuo, quería suprimir la fiscalización gravosa por parte de la Hacienda sobre la actividad de los particulares. Ante la necesidad de encontrar nuevos ingresos, una reforma liberal de los aranceles podía contribuir a ese objetivo al potenciar la actividad. Además, la idea de que a derechos más altos pueden corresponder menores ingresos para el fisco había sido repetida varias veces por Florez Estrada en su Curso de Economía Política.

No vale la pena extenderse más. El 56 por ciento de 5 millones es menor que el 35 por ciento de 9 millones.¡Evidente!, dirían Figuerola y Florez Estrada. ¡Obvio!, diríamos ahora siguiendo la moda de una oratoria decadente.

JJ Franch